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viernes, 9 de octubre de 2026

Diez años después: del bloqueo al 2016 a las urnas del 29-N.

 

En marzo de 2016 publiqué aquí mi última entrada, «La cara de la nueva política». Analizaba en aquel momento la ruptura del bipartidismo clásico, la irrupción de nuevas fuerzas y la incógnita de quién tendría la llave de la Moncloa en un Parlamento inédito. Por aquel entonces dudaba seriamente de la viabilidad de Pedro Sánchez y alertaba de que ninguno de los candidatos parecía dar la talla para liderar el país.

Diez años después, el escenario político parece haber dado mil vueltas para terminar en el mismo punto de partida: el abismo del bloqueo y la llamada a las urnas.

La ilusión de la nueva política y el peso del bipartidismo

En aquella época muchos creímos que el bipartidismo había muerto. Hoy vemos que, aunque perdió su hegemonía absoluta, nunca terminó de marcharse. Simplemente mutó: los dos grandes partidos aprendieron a utilizar las alianzas no como puentes de consenso, sino como trincheras de supervivencia.

A lo largo de los últimos ocho años, el PSOE de Pedro Sánchez ha gobernado en un equilibrio constante y, a mi juicio, muy cuestionable. Quienes nos situamos en la izquierda acogimos en su momento la idea de un gobierno progresista como una oportunidad de regeneración, pero la realidad de la coalición y sus pactos ha dejado un regusto amargo.

Pactos de conveniencia y desencanto

Gobernar a cualquier precio y depender de los votos del nacionalismo e independentismo más intransigente ha terminado por erosionar la credibilidad del proyecto. La sensación de que las concesiones no respondían a un modelo de país compartido, sino a la simple necesidad aritmética de sacar una votación más o salvar una investidura, ha desgastado a una base social que hoy se siente huérfana de proyecto.

El resultado de esta gestión errática no ha sido una izquierda más fuerte ni un país más cohesionado. Al contrario: el hartazgo social ante los cambalaches y la falta de rumbo claro han servido en bandeja de plata la antesala de lo que se avecina en estas elecciones del 29 de noviembre. La amenaza real de un gobierno conservador con la entrada de la extrema derecha ya no es un fantasma retórico de campaña, sino una posibilidad tangible nacida de los propios errores de la izquierda en el poder.

Un país ante el espejo

Volver a votar el 29-N no es un síntoma de salud democrática, sino la constatación del fracaso de la legislatura. Nos encontramos ante el riesgo de que la reacción a años de desgaste entregue el timón a fuerzas involucionistas, mientras los líderes progresistas apelan de nuevo al "miedo" en lugar de hacer autocrítica sobre por qué no han sabido ilusionar a su electorado.

Diez años después de abrir este debate en el blog, las preguntas siguen siendo incómodas: ¿se puede gobernar indefinidamente a espaldas de la estabilidad? ¿Hasta qué punto la izquierda ha cavado su propia fosa priorizando la resistencia en el sillón frente a la convicción?

Vuelvo a escribir porque el silencio ya no es opción y el 29-N nos obliga a mirarnos al espejo sin vendas en los ojos.

Vuelvo con más fuerza que nunca a escribir aunque nadie lo lea.

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